Una pandemia sobre otra | Plan International Pasar al contenido principal

Una pandemia sobre otra

8 Abril 2020
Mientras frente al COVID-19, en mayor o menor medida ya somos conscientes de la gravedad de la crisis, todavía hay quienes niegan esta otra pandemia. Todavía hay quienes cuestionan la necesidad de destinar más fondos para su erradicación, que insultan a quienes trabajan por frenarla e incluso culpabilizan a sus víctimas, como si estas fueran buscando resultar afectadas. 

Sin duda, frente a la pandemia del COVID-19 son muchas las medidas que se están tomando por  parte de los Estados. Una de las más replicadas, en todos los países, es el aislamiento social o cuarentena. No es el momento, ni somos quien, para entrar a cuestionar estas medidas, debemos confiar en la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la comunidad científica y en los ministerios de salud. Ahora, ello no quita que sea necesario resaltar, en medio de esta crisis, que el COVID-19 no es la única pandemia que nos afecta. 

En efecto, coexistimos con otra pandemia, declarada hace años por la ONU[1], que hace ya tiempo que mata cada año a más de 50.000 personas[2] y que deja terribles secuelas en millones de otras más. Desgraciadamente, esta otra pandemia pareciera una frente a la cual nos han anestesiado. Pese a su gravedad, es una pandemia que no tiene saturados los hospitales. Sus  muertes son más un goteo constante, por lo que tampoco llena las morgues. Sus víctimas muchas veces no acuden a pedir ayuda, por lo cual no suman a las estadísticas oficiales ni salen en las noticias. Y, por muy graves que sean los síntomas, los hemos normalizado al punto de ya ni saber identificarlos. 

Mientras frente al COVID-19, en mayor o menor medida ya somos conscientes de la gravedad de la crisis, todavía hay quienes niegan esta otra pandemia. Todavía hay quienes cuestionan la necesidad de destinar más fondos para su erradicación, que insultan a quienes trabajan por frenarla e incluso culpabilizan a sus víctimas, como si estas fueran buscando resultar afectadas. 

Desgraciadamente, mientras que la mejor protección para el COVID-19 es quedarse en casa, a través de medidas de aislamiento y cuarentena, frente a esta otra pandemia la casa no siempre es el lugar más seguro.  Es más, la casa es donde menos seguridad se tiene y el encierro va a venir a agravar la situación.

La otra pandemia, aquella a la cual deberíamos combatir con el mismo empeño que luchamos contra el COVID-19, es la violencia de género contra las niñas, las adolescentes, las mujeres jóvenes, las adultas, las mujeres en general, de cualquier edad, raza, etnia, orientación sexual, identidad de género o condición social. La violencia de género se da en la mayoría de las ocasiones en el entorno más cercano, en casa. En ese lugar en el que se nos ha impuesto estar encerradas.

 

Impacto de la violencia de género en América Latina

Según la ONU un tercio de las mujeres han sufrido violencia por parte de sus parejas o exparejas[3]., Si vemos la situación país por país esa cifra puede aumentar, por ejemplo, en el caso de Perú, dos de cada tres mujeres [4].

La violencia basada en género afecta también a las niñas no solo por las consecuencias que tiene el haber vivido en un hogar donde su padre agrede a su madre, sino porque también son víctimas de violencias directas de parte de su entorno más cercano. En Colombia, el 74,7% de los casos de violencia sexual contra mujeres se produce antes de los 14 años y en el 86,7% de los casos el agresor pertenece al entorno cercano a la víctima, siendo un miembro  de la familia, conocido, amigo o pareja o expareja[5].

En El Salvador, el 75% de abusos sexuales se cometió en niñas y adolescentes menores de 17 años, incluyendo 848 casos de niñas menores de 11 años. Al igual que en Colombia, los agresores de estas niñas fueron personas conocidas, familiares cercanos, vecinos y otros que vivían cerca o dentro de la misma casa[6]. Estos datos, con ligeras diferencias, se repiten país a país. 

Desde la primera semana de la cuarentena/aislamiento ya se han empezado a visibilizar el aumento de denuncias de violencia tanto contra niñas como contra mujeres[7] y cuanto más se prolongue esta situación más difícil va a ser para ellas. Sin duda, la situación de violencia que nos vamos a encontrar el día que podamos volver a salir a la calle puede ser intuida; no obstante, lo más seguro es  que la realidad supere cualquier previsión. 

¿Qué hacer?

Se hace indispensable que los gobiernos refuercen las medidas para prevenir y atender estos casos manteniendo e incluso aumentando los servicios a disposición de las mujeres y las niñas para denunciar posibles agresiones y para ser atendidas. Estos deben de ser considerados servicios esenciales y por lo tanto se debe de garantizar su continuidad a lo largo de toda la crisis, buscando además maneras de llegar a las mujeres y las niñas pese a que estas no puedan salir de sus hogares.

Al igual que con el COVID-19, se debe fomentar un gran esfuerzo colectivo para erradicar la violencia basada en género y rechazar la tolerancia social que existe hacia ella, para atrevernos a dar un paso adelante y pararnos frente a quienes sabemos que son agresores. Además, debemos hacer saber a las niñas y mujeres de nuestro entorno que no están solas, ya sean familiares, amigas, compañeras o vecinas con las que no hemos hablado nunca. El COVID-19 nos implica un esfuerzo de aislamiento físico, pero no social. 

Para el COVID-19 todavía se está buscando la vacuna, para la violencia basada en género hace ya tiempo que se han dado las recetas, desgraciadamente pero no todo el mundo está dispuesto a tomarse la medicina.