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“Cruzar la trocha es un momento horrible”

Ema reconoce que estar en Perú ha sido la parte más sencilla de su jornada migratoria. “No sabría decir si es mejor quedarse en Venezuela, o tener que cruzar por los senderos ilegales” explica Ema y añade: “Con la situación que se está viviendo en Venezuela, no sobrevivía. Con un suelo mínimo no me alcanzaba para estudiar, ni para comer. Aparte ya se estaba yendo mucho la luz. Sin embargo, cruzar por trocha es un momento horrible en que toda tu vida pende de un hilito.”

Sentada en la única silla de su casa, Ema* (20) mira hacia la calle. Hace más de cinco meses llegó a Perú con la ilusión de empezar una nueva vida. Sin embargo, la ciudad y la cultura siguen siendo ajenas. Recuerda con nostalgia a su familia y amigos, principalmente a su madre, quién ha sido el motor emocional de su travesía.

Pese a sentirse ajena a su realidad, Ema reconoce que estar en Perú ha sido la parte más sencilla de su jornada migratoria. “No sabría decir si es mejor quedarse en Venezuela, o tener que cruzar por los senderos ilegales” explica Ema y añade: “Con la situación que se está viviendo en Venezuela, no sobrevivía. Con un suelo mínimo no me alcanzaba para estudiar, ni para comer. Aparte ya se estaba yendo mucho la luz. Sin embargo, cruzar por trocha es un momento horrible en que toda tu vida pende de un hilito.”

Como Ema, cientos de miles de refugiados y migrantes venezolanos han decidido emprender la odisea de atravesar las fronteras por senderos ilegales, conocidos como “trochas”. En el caso de Colombia, parte de éstos se ubican en zonas de conflicto, donde confluyen los enfrentamientos entre grupos armados ilegales, el tráfico de drogas, personas, contrabando y armas. Sin embargo, en medio de la desesperación, el miedo de no portar papeles o de ser identificados, sumado a la imposibilidad de acceder por vías seguras, impulsa a las personas a tomar caminos alternativos.

 “Primero debes identificar un trochero (guía)”, explica. “Yo me fui en un bus a San Antonio (frontera con Colombia), donde el primo del conductor me estaba esperando en el terminal”, cuenta Ema. Ella pagó el equivalente a dos salarios mínimos y lo siguió hasta el río. Allí encontró otros treinta venezolanos, tres de los cuales eran niños de aproximadamente uno, cinco y seis años y tres mujeres embarazadas, una con casi siete meses de gestación.

 “Nos explicaron las reglas: quitarse los zapatos, no llevar gorras, quitarse la camiseta – en el caso de los hombres-, no quedarse mirando un punto fijo, ni mirar a nadie a los ojos. Tampoco hablar con nadie, ni caminar muy rápido, ni quedarse atrás”, recuerda. En Venezuela, Ema había recibido otras recomendaciones: “donde yo vivía se escuchaba mucho sobre explotación sexual. Incluso muchas me decían “mira, intenta no plancharte el pelo, no arreglarte las cejas, ni irte arreglada porque los paramilitares pueden enamorarse de ti y te toca hacer lo que ellos dicen”. 

Un grupo de hombres se acercó para ayudar a cargar las pertenencias de las personas.“El río mide unos 15 o 20 metros, nos dijeron que nos quitáramos los zapatos para no resbalarnos. Nos tocaba cruzar entre costales, cogiéndonos de cuerdas”, cuenta. Una vez cruzado el río, ya en suelo colombiano, el trocheroreiteró las instrucciones.

Ema describe la trocha como “una selva desierta entre árboles secos y frondosos”. Un lugar solo, sin poblaciones cerca, pero custodiado por hombres cuya presencia y mirada atormentan. Antes de salir de Venezuela había escuchado toda clase de historias: “me habían dicho que cuando no se le paga al trochero, es probable morir. Algunos decían, donde yo vivía, que al vecino lo habían matado por no pagar. Pero otros decían que eran rumores, que la gente exageraba”.

Nerviosa por los rumores, Ema decidió caminar cerca del trocheroy seguir al pie de la letra sus instrucciones. Caminaba silenciosa anhelando llegar pronto a Cúcuta (Colombia), cuando la voz de un compañero irrumpió el silencio del grupo. “Alguno gritó “vengan, miren lo que está pasando”. Todos nos volteamos y fue cuando vimos varios hombres, de los que nos habían estado mirando desde los árboles. Se acercaron a un muchacho que se había quedado atrás… de repente escuchamos un disparo”.

Pese a las advertencias e historias, Ema estaba tan decidida a salir de Venezuela y encontrarse con sus tíos y primos en Perú, que jamás evaluó los riesgos. “Me enfoqué en trabajar para salir, estaba desesperada”. Sin embargo, el sonido del disparo despertó sus miedos, producto de los rumores que había escuchado previamente. “Antes de irme, una chica me había contado que cuando estaba en la trocha un muchacho se acercó y le empezó a hablar. Le dijo “no mira, yo te puedo ayudar a encontrar un empleo”. Se la llevó y hasta le quitaron el pasaporte. Tuvo que trabajar encerrada en una casa en Cúcuta (Colombia) tres meses, haciendo pasteles… No podía salir, pero afortunadamente sólo tuvo que hacer pasteles. Su familia pensaba que había muerto en la trocha”.

En medio de la desesperación, Ema siguió caminando silenciosa. El trocheronervioso gritaba permanentemente “caminen rápido”, “agarren a los niños”, “no se queden atrás”. Por primera vez, Ema cuestionó su decisión de haber dejado su país:“Quería llorar, pensaba lo peor. Sentía mucho miedo y nostalgia”, comenta. No fue sino hasta que habló con su tía, ya estando en Cúcuta, que pudo llorar.

Lo que siguió de camino no fue fácil. Al intentar cruzar la frontera colombo-ecuatoriana descubrió que no contaba con los papeles necesarios. Le faltaba su pasado judicial apostillado. Cruzó la frontera escondida entre tablas, junto a dos hombres, tres mujeres y dos niños de cuatro y seis años: “Ahí mi mayor miedo era que nos atraparan y me metieran presa. Preferiría volver a Venezuela antes que ir a la cárcel”, comenta. Una vez en territorio ecuatoriano, Ema caminó horas y pidió aventones hasta llegar a Perú. “Cuando llegué al terminal de Tumbes (norte de Perú) y vi a mis tíos, supe que todo lo que había pasado valió la pena”, expresa emocionada.

Ema sigue mirando hacia la calle. Su travesía fue agobiante y dolorosa, pero su fantasma se desvanece conforme pasan los días. Actualmente trabaja en un restaurante y confía en que pronto podrá retomar la vida que soñó tener una vez en Venezuela.

Plan International Perú, con el apoyo de ACNUR, promueve la integración de refugiados y migrantes venezolanos. De la misma forma, promueve el empoderamiento económico de jóvenes a través de actividades educativas y entrenamientos vocacionales que les permitan acceder a a oportunidades laborales e integrarse mejor en sus nuevos entonces.